¿Agraciado o desgraciado?

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Abrí los ojos. Todavía no había amanecido. La tenue luminosidad que solía amenazar a través de la persiana aún no era del todo perceptible. Me levanté. El olor a café recién hecho anunciaba que alguien ya estaba en pie. Apuré la ducha mañanera. La prisa se precipitaba por mis venas. Sortée el mirar el reloj. En ese momento, el paso del tiempo se había convertido en mi mayor enemigo. Debía engullir el desayuno si no quería llegar tarde. De pronto, algo captó mi intención y me confirmó que ya había llegado el día 22 de Diciembre. Sonaba así, “Mil eeeeeeeeeeeuros”.

Sí, el sorteo de la Lotería de Navidad había dado comienzo. El sorteo que inundó los hogares españoles de ilusión durante más de dos siglos estaba teniendo lugar. Y el mismo que, desde sus inicios, se estableció como el camino más eficaz para lograr la recaudación indirecta de impuestos. Sus raíces nos hacen retroceder en el tiempo hasta la Guerra de la Independencia. Por aquel entonces, el ministro de la Cámara de Indias definía la Lotería como “un medio para aumentar los ingresos del erario público sin quebranto de los contribuyentes”. Es decir, disfrazaron la implantación de un nuevo impuesto con la mágica celebración del sorteo navideño. Por tanto, ¿quien es el verdadero ganador del Gordo navideño?

El Estado. Año tras año, es el único jugador de la lotería que tiene asegurado su premio en el sorteo de Navidad. Pase lo que pase, siempre le toca. De hecho, desde el año 2013, ha querido ampliar el valor de su ganancia mediante la instauración de un nuevo impuesto. Los premios que rebasan los 2,500 poseen una retención del 20 por ciento que ejecuta la misma organización del sorteo. Y por si fuera poco, el secretario general de Gestha considera que “no es un impuesto injusto” y que “lo que era una anomalía es que estuviera exento de tributar”. ¿Perdona? Juegan con la ilusión de la sociedad. La recaudación de impuestos es el trasfondo de la Lotería. No hay mejor muestra de ello   que la promoción del Sorteo de Navidad. Si echamos la vista atrás y recordamos cada uno de los spots televisivos de la lotería, observaremos que el principal objetivo consiste en ilusionar a las personas haciéndoles creer que su vida puede cambiar si se deciden a comprar un décimo. Sí, es cierto que puede cambiar, aunque lo más probable es que no. Lo único que deja las probabilidades a un lado es el hecho de que el Estado siempre se va a beneficiar. Siempre. Además, ¿en qué spot te recuerdan que el 20 por ciento se lo lleva Hacienda?

¡Qué bonito es ilusionarse! ¿Verdad? Es maravilloso sentir que algo puede cambiar. Sin embargo, deja de ser tan increíble cuando nos piden algo a cambio. Cuando nos quitan algo que nos pertenece. Cuando se olvida la letra pequeña. Es muy bonito ilusionarse, sí... pero siempre con los pies en la tierra o, en su defecto, con un décimo compartido.

Firmado: María García Rodríguez, Graduada en Publicidad y Relaciones Públicas y especializada en Marketing Internacional y Comunicación.

 

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