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Un arma de doble filo

20 de Diciembre. Domingo de elecciones. Apenas faltan un par de horas para comenzar con el escrutinio. Una cola inmensa en la panadería de la esquina. Espero. Entre tanto, las conversaciones que mantienen las personas que tengo delante fluyen en la mente. El aburrimiento que ocasiona la espera incita a zambullirse en ellas. Dos jóvenes hablan de su estreno en las votaciones generales y comentan hacia qué candidato se ha inclinado cada una de ellas. Lo más interesante de la conversación aterriza cuando ambas reconocen que no se han leído ningún programa electoral y que, tristemente, han votado igual que sus progenitores. Desinformación absoluta en pleno siglo XXI. A día de hoy, es posible la consulta de todos los programas electorales a través de Internet. Es posible la búsqueda de todo tipo de información pero, ¿de qué modo se hace uso de la tecnología?

En la actualidad, el uso de Internet está totalmente extendido. La compra de un billete de avión, de unas zapatillas deportivas o de un smartphone; la visualización de productos cinematográficos en streaming o el empleo de las redes sociales son actividades verdaderamente habituales. Y sí, son maravillosos los beneficios que la tecnología nos ha reportado. Hace dos décadas, nadie hubiese podido creer que sería posible comunicarse con alguien que se encuentra en la otra punta del globo a través de una pantalla. Hoy, somos testigos de ello. Sin embargo, millones de personas abusan de dicha tecnología o sino, ¿quien no conoce al típico que se enfrasca en su smartphone y no separa la cabeza la pantalla a diario? Sí, sí...conocéis a alguno ¿verdad? Se trata de los esclavos de la tecnología. Aquellos que nadie quiere aguantar cuando han enviado su smartphone o su portátil a arreglar. Aquellos que no pueden vivir sin ella. Afortunadamente, este panorama todavía no se ha dilatado lo suficiente como para dar señal de alarma. Y gracias.

Situémonos en la otra cara de la moneda. La desinformación. El caso de las dos jóvenes hablando de las elecciones es un ejemplo más del no uso que se le da a la tecnología. Supuestamente, vivimos en la era de la información. A través de Internet, se abre la puerta a cualquier tipo de consulta. Sea cual sea la materia en cuestión. No obstante, es común que las personas voten sin informarse, que los jóvenes desconozcan las noticias de actualidad o, incluso, que se escriba con faltas de ortografía. El conocimiento en la palma de la mano y, aún sí, ¡viva la ignorancia! Cuando no se conoce algo, es tan simple como abrir Google, escribir y obtener una respuesta. Es cierto que, en ocasiones, es difícil acceder a la realidad debido a la saturación de información que posibilitan los diferentes medios. Es imprescindible hacer una selección priorizando las fuentes de información oficiales. Aún así, nunca había sido tan fácil...

La era de la información. La era de la desinformación. La era de la saturación. La era de la tecnología. La era de Internet. ¡Qué más da! Lo más importante es que, tal y como decía Francis Bacon, “la información es poder”.

Firmado: María García Rodríguez, Graduada en Publicidad y Relaciones Públicas y especializada en Marketing Internacional y Comunicación.

 

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La guinda del mes

Mes de Diciembre. Inmediatamente, se me vienen a la cabeza decenas de palabras. Palabras que definen este mes con exactitud. Navidad, frío, familia, reencuentro, amigos, celebración, alegría, nostalgia son algunos de los vocablos que mejor representan estas fechas. Para mí y para muchos. No obstante, este año hay algo más. Una sensación agridulce recorre el cuerpo de millones de personas. Y no es para menos. En pleno 20 de Diciembre, se celebran las elecciones generales en el país. Unos comicios que no dejarán a nadie indiferente.

Una de las principales razones que tiñen de verdadera importancia a estas elecciones es la pluralidad de alternativas. Desde las elecciones generales de 1982, en España ha reinado el bipartidismo. La alternancia entre el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y el Partido Popular (PP) ha sido la constante hasta 2015. Ya basta. Treinta y tres años de bipartidismo dan para mucho.  O para muy poco. Depende desde qué perspectiva lo enfoquemos. Lo verdaderamente novedoso es la llegada de dos nuevos oponentes. Independientemente de la ideología de éstos, el hecho de que a los dos programas electorales habituales se les hayan sumado otros dos ya es motivo de alegría. Y esperemos que también motivo de cambio.

Tampoco pidamos peras al olmo. Al fin y al cabo, todos son políticos y ¡ya sabemos cómo son los políticos! O, al menos, los de hoy en día. Corrupción, dinero y demás intereses están a la orden del día. Y sí, todos van en el mismo saco. Según la Real Academia Española (RAE), político es aquel “que interviene en las cosas del gobierno y negocios del Estado”. Sobre todo, en los negocios. Al parecer, en aquellos poco o nada transparentes es dónde más les gusta intervenir. A todos, sin excepción alguna. Tarde o temprano, en todos los partidos se termina abriendo “el cajón de la ilegalidad” (por no llamarlo cómo lo hace la actriz Antonia San Juan en LQSA). El dinero mueve el mundo, sino qué se lo digan a los políticos. De hecho, la avaricia rompe el saco de tal manera que, hasta en un debate televisivo, han discutido acerca de cuánto cobraba cada uno. Una vez más, los candidatos del PSOE y del PP han sido los protagonistas. Mientras tanto, millones de parados observan, a través de sus televisores, cómo los posibles candidatos al poder hablaban de los miles de euros que cobran al año. ¡Vaya descarados! ¡Vaya impostores! Procuran mostrar su lado más cercano y humilde de cara a las elecciones y, en realidad, lo único que les preocupa es embolsarse una gran cantidad de dinero al mes. ¡Vaya política!

Los ciudadanos tenemos el derecho de elegir a la persona que queremos que ocupe ese lugar en el Gobierno. O, mejor dicho, tenemos el derecho de elegir a quien nos manipule menos. Pensemos y valoremos todas las opciones. Seamos justos con nosotros mismos y con nuestro entorno. Todos tenemos un cita el próximo domingo en las urnas. Hagámoslo bien pero, sobre todo, no le pidamos peras al olmo.

  • Escrito por Marta Cebreiro

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¿Agraciado o desgraciado?

Abrí los ojos. Todavía no había amanecido. La tenue luminosidad que solía amenazar a través de la persiana aún no era del todo perceptible. Me levanté. El olor a café recién hecho anunciaba que alguien ya estaba en pie. Apuré la ducha mañanera. La prisa se precipitaba por mis venas. Sortée el mirar el reloj. En ese momento, el paso del tiempo se había convertido en mi mayor enemigo. Debía engullir el desayuno si no quería llegar tarde. De pronto, algo captó mi intención y me confirmó que ya había llegado el día 22 de Diciembre. Sonaba así, “Mil eeeeeeeeeeeuros”.

Sí, el sorteo de la Lotería de Navidad había dado comienzo. El sorteo que inundó los hogares españoles de ilusión durante más de dos siglos estaba teniendo lugar. Y el mismo que, desde sus inicios, se estableció como el camino más eficaz para lograr la recaudación indirecta de impuestos. Sus raíces nos hacen retroceder en el tiempo hasta la Guerra de la Independencia. Por aquel entonces, el ministro de la Cámara de Indias definía la Lotería como “un medio para aumentar los ingresos del erario público sin quebranto de los contribuyentes”. Es decir, disfrazaron la implantación de un nuevo impuesto con la mágica celebración del sorteo navideño. Por tanto, ¿quien es el verdadero ganador del Gordo navideño?

El Estado. Año tras año, es el único jugador de la lotería que tiene asegurado su premio en el sorteo de Navidad. Pase lo que pase, siempre le toca. De hecho, desde el año 2013, ha querido ampliar el valor de su ganancia mediante la instauración de un nuevo impuesto. Los premios que rebasan los 2,500 poseen una retención del 20 por ciento que ejecuta la misma organización del sorteo. Y por si fuera poco, el secretario general de Gestha considera que “no es un impuesto injusto” y que “lo que era una anomalía es que estuviera exento de tributar”. ¿Perdona? Juegan con la ilusión de la sociedad. La recaudación de impuestos es el trasfondo de la Lotería. No hay mejor muestra de ello   que la promoción del Sorteo de Navidad. Si echamos la vista atrás y recordamos cada uno de los spots televisivos de la lotería, observaremos que el principal objetivo consiste en ilusionar a las personas haciéndoles creer que su vida puede cambiar si se deciden a comprar un décimo. Sí, es cierto que puede cambiar, aunque lo más probable es que no. Lo único que deja las probabilidades a un lado es el hecho de que el Estado siempre se va a beneficiar. Siempre. Además, ¿en qué spot te recuerdan que el 20 por ciento se lo lleva Hacienda?

¡Qué bonito es ilusionarse! ¿Verdad? Es maravilloso sentir que algo puede cambiar. Sin embargo, deja de ser tan increíble cuando nos piden algo a cambio. Cuando nos quitan algo que nos pertenece. Cuando se olvida la letra pequeña. Es muy bonito ilusionarse, sí... pero siempre con los pies en la tierra o, en su defecto, con un décimo compartido.

Firmado: María García Rodríguez, Graduada en Publicidad y Relaciones Públicas y especializada en Marketing Internacional y Comunicación.

 

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El toro de Osborne

Empiezan las Navidades. Fechas de múltiples desplazamientos para ver a la familia y a los amigos. Estaciones y aeropuertos repletos. Unos llegan y otros se van. Resulta cotidiano. Tomando algo, en la cafetería de la estación, pienso cuál será el tema de mi siguiente publicación. Viajo en autobús. En él los viajes siempre resultan interminables. En cambio, esta vez fue diferente. Después de dos horas, algo me distanció de la pesadumbre del trayecto. Una pequeña reclamaba a su madre diciendo “¡Es un toro, mamá! Mira, como los de la tele”. Se trataba de la silueta del conocido toro de Osborne. O mejor dicho, del símbolo que se ha convertido en patrimonio cultural y artístico de los pueblos de España.

La Ley General de Carreteras de 1988 ordenó, en el artículo 24, que quedaba prohibida la publicidad en lugares visibles de las zonas públicas de las carreteras. Por ello, el Grupo Osborne decidió retirar la rotulación publicitaria Osborne-Sherry & Brandy. Eso sí, al toro lo convirtieron en un símbolo del pueblo español. No podía ser menos. La tauromaquia o como define, sorprendentemente, la RAE “el arte de lidiar toros” se considera una tradición popular en España. Personalmente, me cuesta ver arte donde existe crueldad. ¿Marear a un animal en un espacio cerrado hasta la hora de su muerte es arte? Curioso. Nunca pensé que se pudiese denominar así al clavado de banderillas en el lomo del toro. Será que los taurinos poseen una definición exclusiva de esta palabra. Para mí, el arte se caracteriza por su humanidad, su belleza y su personalidad. Aspectos que se alejan bastante del espectáculo taurino. El animal no muere dignamente. Sufre un lento y doloroso final mientras los fanáticos de las gradas aplauden. Por tanto, es vergonzoso y exasperante que se considere arte y tradición.

Y todavía hay más. La Real Federación Taurina de España ya existe. En su página web dan la bienvenida a todos los taurinos así “La pureza e integridad de la Fiesta, de los sagrados derechos de los espectadores y la propagación de su cultura milenaria”. ¿Fiesta? ¿Y qué pasa con los derechos de los animales? Acojonante. Eso y los millones de euros que se recaudan con este espectáculo. Según el diario EL MUNDO, los toros beneficiaron al Estado español con un IVA de 45 millones de euros en 2014. Una autentica unidad generadora de efectivos. Entre los toros y el fútbol vaya circo tenemos montado en España. En muchas regiones peninsulares, la actividad taurina no se lleva a cabo y el número de aficionados no es tan elevado. Es decir, muchas personas no nos sentimos representadas con este espectáculo y, aún así, tenemos que aguantar este tipo de clichés que se le atribuyen al país. Indignante.

Desde que somos niños nos enseñan que hay que respetar a los demás. Incluso, respetar lo que le gusta a los demás, aunque no lo compartamos. No obstante, ¿es posible respetar una tradición que escenifica el maltrato animal para el disfrute de algunos seres humanos? Simplemente espeluznante.

Firmado: María García Rodríguez, Graduada en Publicidad y Relaciones Públicas y especializada en Marketing Internacional y Comunicación.

 

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